martes, 26 de octubre de 2010

MAR PARA BOLIVIA


(La Paz, foto de gabriel sanhueza)

Mi primera impresión fue de sorpresa cuando leí las declaraciones de Pablo Longueira, senador de la UDI* sobre la demanda marítima de Bolivia. ¿Tan mal estoy –me pregunté- que coincido con un derechista?.
Nunca he mirado la conflagración en la que Chile dejó sin mar a Bolivia con orgullo o con falso patriotismo. Fue una guerra comercial más, por defender propiedades, derechos e intereses en el desierto salitrero. Por algo, más allá de nuestras fronteras se le conoce como la Guerra del Salitre. Guerra del Pacífico, es la que comienza en 1941 con el ataque japonés a Pearl Harbor.
No creo que haya que glorificar ese conflicto cuyo fin era apropiarse de un recurso natural valiosísimo en esa época, que podía significar el inicio de una fase de avance y modernización para el país que triunfare.
Lo anterior no implica desconocer el inmenso heroísmo que envolvió muchas de las acciones bélicas, de los tres países hermanos involucrados.
Quizás, por eso, nuestro subconsciente colectivo hace que conmemoremos con recogimiento las derrotas, como el combate naval de Iquique y la batalla de La Concepción y jamás celebremos la ocupación de Lima por las tropas chilenas
Lo concreto, sin embargo, es que esa guerra humilló a Bolivia, con una pérdida territorial y de acceso al mar, que aún constituye una herida abierta en ese país. Se siente, se palpa, cuando converso con mis amigos bolivianos.
Por eso no me preocupa coincidir con Longueira. Al contrario, me alegra su posición, que en el fondo señala que es ahora cuando debemos resolver y solucionar para siempre la pérdida que le ocasionamos a Bolivia.
Era también el pensamiento de Salvador Allende, quién al principio de su gobierno le dijo al escritor boliviano Néstor Taboada, que su país retornaría soberano a las costas del mar Pacífico. Para luego añadir que a Bolivia “No les pedimos nada, queremos solamente reparar el despojo cruel del que ha sido víctima el pueblo boliviano".
Esa reparación nos traería el reconocimiento del mundo como una nación inteligente, noble, con mirada de futuro. Sería también dar cumplimiento a la promesa que Allende, por razones por todos conocidas, no pudo concretar.
26 de octubre de 2010
*Unión Demócrata Independiente, partido chileno de derecha.

miércoles, 20 de octubre de 2010

20% DE AREAS PROTEGIDAS PARA EL 2020


(foto de sylvie bellange)

La décima Conferencia de las Partes de la Convención sobre Diversidad Biológica, acaba de comenzar en Nagoya, Japón. Miles de participantes de 193 países incluidos representantes gubernamentales, líderes empresariales, Organizaciones No Gubernamentales, bajo la batuta de las Naciones Unidas se reúnen para discutir cómo conservar la biodiversidad.
Diversidad biológica o biodiversidad -en ningún caso “biodiversidad biológica” como escribió redundante El Mercurio el pasado martes 19- implica los genes las especies y los ecosistemas que entregan recursos y servicios vitales a la humanidad.
Su importancia es múltiple. De la biodiversidad, tanto silvestre como doméstica, derivan todos los componentes de la dieta humana.
Tiene relevancia económica. Basta con mirar a Chile que es uno de los principales vendedores de biodiversidad del mundo: pesca, bosques, alimentos, vinos, frutas.
Significa medios de subsistencia para las poblaciones locales y sobre todo bien manejada contribuye a la erradicación de la pobreza y al desarrollo sustentable.
Sus componentes son vitales para la salud humana. Más de un tercio de los medicamentos del mundo contienen ingredientes activos extraídos de las plantas y más de 3.000 antibióticos, incluyendo la penicilina y la tetraciclina son obtenidos a partir de microorganismos. ¿Quién sabe si la cura para los males de hoy, como el SIDA, no se encuentra en una planta del bosque nativo chileno?.
La biodiversidad es fundamental en la mantención de los equilibrios ecológicos. Absorbe la contaminación, mantiene la fertilidad y microclima del suelo, purifica el agua, controla la erosión.
Los recursos bióticos juegan un rol en la recreación y en el turismo. Como si fuera poco, con su belleza inspira la creación artística. ¿Y por qué no decirlo?. Favorece el ocio.
Sin embargo, en los últimos 50 años, se han alterado los ecosistemas más rápido y extensamente que en ningún otro lapso de la historia humana. La demanda creciente de alimentos, agua dulce, maderas, fibras y combustible significa una pérdida considerable y en gran medida irreversible de la diversidad de la vida sobre la Tierra.
Chile, no es ninguna excepción. La sobre explotación de recursos naturales, los cambios en el uso del suelo y la contaminación urbana, industrial y agrícola conllevan a la erosión, a la disminución de los caudales y a la sedimentación de los ríos a niveles que impiden que cumplan con sus funciones ecológicas. También a la baja en la pesca, a la pérdida de hábitats naturales, incluyendo el bosque nativo y la degradación del paisaje.
Muchas organizaciones ambientalistas promueven en Nagoya la protección efectiva del 20 por ciento del planeta en 2020. Es decir, la conservación de un quinto de cada uno de los ecosistemas representativos de cada nación. Esta propuesta quiere incluir acuerdos multinacionales sobre las áreas marinas de gran riqueza biológica situadas en aguas internacionales, fuera de la jurisdicción de los países.
Hoy en el mundo las áreas protegidas constituyen el 12% de la superficie terrestre. Chile no alcanza aún el 10 por ciento de la superficie de sus ecosistemas relevantes
Ya el primer día en Nagoya todos concluyeron que la pérdida de la biodiversidad continúa. Muchas de las áreas protegidas que hoy existen no cumplen con objetivos claros de conservación de la diversidad biológica. El sistema actual no es representativo de la relevancia de los ecosistemas. En Chile, por ejemplo, los ecosistemas marinos tienen una representación insignificante.
Y sobre todo, la participación de las comunidades locales, muchas veces indígenas, tanto en la creación como en la administración de las áreas protegidas es insuficiente.
20 de octubre de 2010

viernes, 8 de octubre de 2010

"NIE WIEDER KRIEG"


(käthe kollwitz)

“Nunca más guerra”, el grito de todos los grupos pacifistas alemanes, el mismo que Käthe Kollwitz, plasmó en una xilografía extraordinaria, era también el nombre del movimiento que en 1922 fundó Carl von Ossietsky, el primero al que se le otorgó el Premio Nobel de la Paz, estando en prisión.
Periodista y pacifista alemán se opuso siempre al militarismo, sea cual fuere el ropaje con que éste se escondiera. Desde diferentes periódicos denunció el rearme secreto que estaba llevando a cabo Alemania. Su meta permanente fue la lucha por el desarme y la paz internacional.
Fue acusado de alta traición y condenado, por primera vez, en 1931, a dieciocho meses de cárcel. Gracias a una amnistía fue puesto en libertad en 1932. Su suerte, sin embargo, duró poco. La llegada del nacionalsocialismo al poder, lo envió de nuevo a diferentes campos de concentración, donde enfermó de tuberculosis.
El año 1935 se le concede el Premio Nobel de la Paz. Lo proponen para él, entre otros, Einstein, Romain Rolland y Thomas Mann.
Adolf Hitler tomó el premio como una ofensa y prohibió que en adelante los alemanes lo aceptaran. También impidió que la prensa informara de la noticia.
Cualquier similitud con la reacción que tiene hoy el gobierno chino frente al otorgamiento del Premio Nobel de la Paz al defensor de los derechos humanos Liu Xiaobo, también en prisión, no es mera coincidencia.
Carl von Ossietsky murió de una pulmonía en prisión. La historia cuenta que el dinero del premio se escabulló entre las manos de un abogado berlinés.
8 de octubre de 2010

martes, 5 de octubre de 2010

¿SE PUEDE VIVIR SIN INTERNET?


(foto de sylvie bellange)

Estuve varios días en la costa mirando el mar y la verdad es que me invadió una pereza increíble, donde hasta encender el computador para escribir constituía un esfuerzo que me superaba ampliamente. Eso explica, que si en estos días alguien miró este digno blog, no se haya topado con ninguna tontera interesante.
Estuve desconectado de internet por 12 días… y aunque parezca increíble no me morí, ni tampoco me enfermé.
Las “redes sociales” que esos días me acompañaron, fueron mi familia, amigos de carne y hueso que nos visitaron, Tomás el pescador de jaibas, don Tuco el vendedor de pescado, el dueño del “minimarket”, Julio el que hace pan amasado, la vecina que pasea una perrita vestida con ropa marinera. Es decir, la gente viva del lugar.
Esos días me di cuenta de que siempre puede haber otra visión del mundo. Corregir lo que te dicen que es normal y correcto. Es eso lo que nos permite mejorar nuestra capacidad de decisión, es decir, llevar esa capacidad a un nivel perceptible para nosotros o también bajarla cuando ya se ha sobrepasado ese nivel.
Comprobé, una vez más, que la lentitud es mejor que la rapidez; lo cerca es superior a lo lejano; lo pequeño en vez de lo grande; lo natural mejor que lo construido. Me di cuenta que menos puede ser mas.
En las conversaciones al atardecer percibí que reconocimiento es mejor que expertismo. Es decir, todas actitudes que contribuyen a una buena vida, a volver a sentirse bien.
Me probé que puedo vivir sin internet, sin morirme, sin síntomas de abstinencia, sin aburrirme, escuchando música, disfrutando la lectura de buenos libros o de un pausado paseo hasta la Playa de las Conchitas* para recolectar caracoles.
De lo que no estoy seguro, y la verdad es que no quiero intentarlo, es que pueda vivir sin unos buenos quesos y un buen vino.
5 de octubre de 2010
* Playa escondida en el litoral central chileno, en Las Cruces